DE LO INOCUO A LO INICUO/ERNESTO HERRERA

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De lo inocuo a lo inicuo
Ernesto Herrera
Como la gran mayoría de los asuntos, la cuestión de las drogas debe ser atendida por los países de acuerdo a su circunstancia particular. Eso es lo que hace el investigador mexicano Ricardo Pérez Montfort en su libro Tolerancia y prohibición. Aproximaciones a la historia social y cultural de las drogas en México 1840-1940 (Debate, 2016). Su investigación está guiada en principio por una cuestión semántica. Pérez Montfort anota: “En materia lexicológica pasó de ser un vocablo relativamente inocuo que designaba a las sustancias utilizadas por los médicos para paliar el dolor o aliviar una enfermedad, a convertirse en el nombre inclusivo de los estupefacientes, los enervantes, los narcóticos y los alucinógenos que generaban dependencia o hábito y eran proscritos por la ley y la sociedad”. La actitud prohibicionista, de acuerdo a la última parte de la cita, es la que ha imperado hasta el momento.
En la etapa final del virreinato (1772), el sabio José Antonio Alzate tuvo una perspectiva tolerante ante la marihuana y los hongos alucinógenos. Él “sugirió que no se prohibiera su consumo entre los indios” apunta el autor. Y si bien bajo el gobierno de Antonio López de Santa Anna se comenzaron a implementar las políticas prohibicionistas, igualmente se proponía alentar, por ejemplo, el cultivo de amapola porque la producción de opio podía ayudar a la economía nacional.
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX el tabaco y el alcohol eran las sustancias más consumidas en todos los estratos sociales, mientras que el consumo de las otras drogas era más reducido entre sectores específicos: medicina, farándula, soldados y presos. Poco a poco se fue generando un discurso que las satanizaba. La marihuana, en particular, fue asociada a la delincuencia; el opio llevó a actitudes xenofóbicas hacia los chinos y en general todas fueron vistas como agentes que hacían que nuestra raza degenerara biológicamente. Para los gobiernos del siglo XIX, entrar a la modernidad implicaba dejar atrás prácticas que se asociaran a los indígenas. En el triunfo del prohibicionismo, la presión de Estados Unidos en su lucha contra la producción de drogas será determinante.
Pérez Montfort no deja de lado la relación arte-droga que en México, al menos durante el siglo XIX, en realidad no fue tan relevante como en Europa. El libro es importante para enriquecer la discusión que se está llevando en nuestro país en cuento a aceptar o rechazar su legalización.

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